sábado, 22 de enero de 2005

Lecturas: Papillon

El último libro que he leído narra las visicitudes de la vida del propio autor. Henri Charrière, alias Papillon, pasó toda su juventud en prisión, condenado a trabajos forzados a perpetuidad por un asesinato que (según él) no cometió.

  • Autor: Henri Charrière
  • Año: 1970
  • Depósito Legal: B-22040-1972

El relato es una narración en primera persona centrado en la vida penitenciaria que Charrière experimentó en Sudamérica. Todo comienza cuando se le condena por un delito del que parece ser que es inocente y es trasladado a una prisión en la Guayana Francesa.

Allí comienzan los intentos de Papillon por salir del "camino de la podredumbre" (como él mismo lo denomina). Nunca desterrará de su mente la idea de escapar del presidio, y no dejará de intentarlo desde el primer momento en que es encarcelado hasta que por fin consigue la ansiada libertad.

Si querer te sumerges en la historia desde el primer momento. La acción es trepidante, gracias a que el autor hábilmente soslaya los iterminables espacios temporales en los que está recluido, centrando su atención en las situaciones más dinámicas. Aparte de un canto a las ganas de libertad, el libro es una crítica al sistema penitenciario francés de la época.

Al final el autor reconoce que ha "decorado" algunas situaciones narradas, lo que quizás decepciona un poco al ávido lector que ha ido consumiendo sus andanzas de principio a fin. En cualquier caso, el relato sigue siendo impresionante, y más sabiendo de antemano que estamos reviviendo situaciones que el autor ha sufrido en sus propias carnes.

Un buen libro, que cunde bastante y, eso sí, no apto para corazones demasiado sensibles por la crudeza del argumento (y más concretamente de algunos episodios).

Por cierto, que el libro (como tantos otros) fue llevado a la gran pantalla en 1973, en una película dirigida por Franklin J. Schaffner y protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman.

sábado, 8 de enero de 2005

Una Navidad... de hace 20 años

Esta mañana he salido a la calle pensando en las Navidades que acaban de terminar. Este año, por motivos familiares y laborales han sido unas fiestas muy extrañas, amén de que los días señalados han caído en sábado, lo cual ha contribuido a "enrarecer" el ambiente.

De repente, en uno de esos rocambolescos saltos que a veces da el hilo del pensamiento, me he visto transportado a las Navidades de 1984, exactamente hace 20 años. En esas fechas, conocí algo que, visto con la perspectiva de un par de décadas, cambió el rumbo de mi vida. Hace 20 años conocí al Spectrum.

Ese fue el regalo de Papá Noel de mi vecino de al lado. En aquella época, ver un ordenador tan de cerca era algo casi mágico. Cómo debió ser la impresión de grande que preferí quedarme en casa de mi vecino viendo aquella maravilla que ir a Juvenalia, donde el año anterior había tenido mi primer contacto con los videojuegos jugando a una versión doméstica del mítico Pong.

El juego que tenía cargado era el Chequered Flag, un simulador de coches (simulador visto con perspectiva histórica, por supuesto). Como digo, aquel cacharro me encandiló, y no paré hasta conseguir uno. En concreto, fue mi abuelo quien me regaló un Spectrum + por mi comunión, el 16 de junio de 1985. El precio, la friolera de 39.900 pesetas de la época, una auténtica fortuna.

De lo que me arrepiento, quizás, es de que aquel primer contacto con los ordenadores me pilló demasiado pequeño. Si hubiera tenido algo más de edad y conocimientos, seguramente habría hecho alguna otra cosa que no fuera jugar. Si bien hice mis pinitos en BASIC, principalmente tecleando listados de la revista Microhobby, creando algunos propios, no pasé de ahí, y mi gran pasión se desplazó al componente lúdico más consumista del ordenador: los juegos.

En cualquier caso, lo que sí está claro es que si ahora soy Licenciado en Informática y trabajo en esto de los ordenadores es, en parte, por la influencia de aquel pequeño gominolas, que conocí en una fría mañana de diciembre de 1984, como digo, hace ya 20 años.

Por desgracia el sector parece que, en su mayor parte, ha perdido aquella componente romántica que existía en sus inicios y se ha convertido en una máquina mejor o peor engrasada de hacer dinero. Es por eso que siempre me queda un pequeño resquemor por haber llegado tarde (o, por edad, demasiado pronto) a este mundillo.

Curiosamente, este año los Reyes Magos me han traído una Gameboy Advance, con la que igual me saco una espinita que tengo clavada desde hace mucho tiempo: programar un juego.

Para aquellos interesados en revivir aquella nostalgia y comprobar que todavía hay (poco) movimiento alrededor del Spectrum, en la sección de Enlaces podéis encontrar un par de ellos que pueden resultar, cuanto menos, curiosos.

miércoles, 5 de enero de 2005

Juegos: Prince Of Persia The Sands Of Time (XBox)

Durante estas Navidades he conseguido sacar unos ratillos para dedicarle a este fantástico juego y acabarlo.

Se trata de una puesta al día de todo un clásico de los vídeojuegos: Prince Of Persia, creado por Jordan Mechner allá por finales de la década de los 80 para los ordenadores y videoconsolas que campaban por aquella época, y del que se han hecho versiones ¡hasta para ZX Spectrum!

El argumento nos habla de un joven príncipe persa que debe desentrañar la maldición que ha caído sobre los dominios de su padre, debido al oscuro poder de una daga mágica. En cuanto a la mecánica de juego, intenta ser una puesta al día de lo que el clásico ya supuso, esto es, un plataformas tridimensional en el que debemos calcular muy bien nuestros saltos y acrobacias si no queremos dar con nuestros huesos en el frío suelo. Todo esto se combina con secuencias de acción en las que debemos combatir a daga y espada contra los antiguos guardianes de palacio, ahora poseídos por la maldición de la daga del tiempo. Por último, será necesario resolver algunos puzzles, tampoco muy complicados, limitándose su resolución la mayoría de las veces a mover determinados objetos por el escenario.

El juego se simplifica gracias a los poderes de la daga del tiempo que, cada cierto intervalo, nos permite guardar la partida y tener una visión de lo que sucederá a continuación, o sea, de lo que tenemos que hacer para superar el siguiente escenario.

La mecánica, si bien es algo repetitiva, nos engancha gracias a la plasticidad de los movimientos del príncipe, lo que nos lleva a querer superar el siguiente reto y así sucesivamente hasta que llegamos al final de la historia.

Técnicamente es un gran juego. El control con el pad se hace de forma muy intuitiva y nos permite realizar todo tipo de cabriolas, así como atacar a nuestros enemigos con suma facilidad, pero sin perder en ningún momento la suavidad de movimientos. Tan sólo se notan pequeñas ralentizaciones del motor gráfico en pocos y precisos momentos en los que hay muchos objetos en movimiento combinados con efectos de luz y niebla.

En el aspecto sonoro es soberbio. Haciendo gala de la potencia de la XBox, el sonido nos envuelve en nuestro camino. Además, la banda sonora se va adaptando a nuestras andanzas, transitando entre clásicas melodías orientales y algo de rock eléctrico.

Como regalo sorpresa, al acabar la historia se desbloquea el Prince Of Persia original, para que podamos disfrutarlo en la XBox. En mi caso, recordando viejos tiempos. Para usuarios más jóvenes, puede ser un auténtico descubrimiento. También hay un par de trucos que nos permiten desbloquear tanto Prince Of Persia 2 como un remake tridimensional del primer nivel del juego original. Todo un detalle nostálgico.

Además, me quedan por ver un par de vídeos documentales en los que se explica cómo se hizo el juego. La partida grabada ha registrado una duración de unas 10 horas de juego, pero creo que no cuenta las veces que te matan y debes reintentar una escena.

En definitiva, una compra muy recomendable. En este caso, además, su secuela ya está disponible en tiendas. Habrá que catarla. Por otra parte, parece que últimamente estoy dando con buenos juegos. A ver cuál será el siguiente elegido.

sábado, 1 de enero de 2005

Reenviando mensajes cortos

En estas fechas, en concreto en Nochebuena y Nochevieja, es tradición que los familiares y amigos se intercambien llamadas de teléfono para desearse unas felices fiestas y, en muchas ocasiones, retomar la pista de cada una de nuestras vidas, ya que con algunos puede que tardemos un año en volver a hablar.

Esta tradición en los últimos años se ha ido desviando hacia el envío de mensajes cortos al teléfono móvil (al fin y al cabo, ¿quién no tiene uno?). En un primer momento escribíamos mensajes a cada una de esas personas, después aprendimos a enviar el mismo mensaje a varios contactos y, por último, lo que se suele hacer es aprovechar algún mensaje recibido que nos ha llamado la atención para reenviarlo y felicitar las fiestas.

Pasa un poco como con el correo electrónico. Al final acabas recibiendo docenas de mensajes, normalmente con chistes, vídeos graciosos o tíos/tías en bolas (dependiendo del sexo u orientación sexual de cada uno, porque supongo que a vosotras también os mandarán esas cosas). Pero lo curioso es que muy poca gente se molesta en escribir 2 ó 3 líneas preguntándote qué tal te va o contándote algo de su vida.

Al final das por hecho que fulanito está bien porque te manda su chiste diario, o que menganito cambió de trabajo porque el correo electrónico desde el que te envía los viernes la ración de carne es de otro dominio. Un día, dejas de recibir los correos de esa persona y te preocupas. Pero simplemente resultaba que habían tenido un problema con el servidor de correo y habían estado una semana incomunicados. También está el caso de aquél que fue incluido en la lista de amiguetes por error, pero nunca se quejó de aquellos mails con tetas y culos. Doy fe de que todos estos casos son verídicos, y me han ocurrido alguna vez a mi o a alguien que tenía al lado.

Yo este año me he propuesto no enviar mensajes cortos genéricos, ni tan siquiera a grupos de personas. A algunas personas directamente las he llamado; hacía tiempo que no sabía de ellas. A otras no les he escrito, pero espero que sepan que me acuerdo de ellas, a ver si ahora por no enviar un mensaje vamos a estropear bonitas amistades. Y aquellas que han recibido algún mensaje mío (de parte mía y/o de mi novia) se habrán dado cuenta de que se ha escrito pensando exclusivamente en ellos.

Con ello, conste, no estoy censurando ninguna forma de hacer las cosas. De hecho, tampoco me parece mal. Alguno de los mensajes que he recibido me han hecho reír. Es sólo que me parece una manera un tanto impersonal de enviar buenos deseos.

El camino que estamos emprendiendo no parece muy halagüeño. De citarse antes de la cena familiar para tomar un café y charlar se pasa a la llamada telefónica, de ahí al mensaje corto y, por último, al reenvío. Parece mentira que en una sociedad en la que cada vez estamos más comunicados, paradójicamente, podamos estar tan solos.

Y yo he sido el primero que este año he cancelado mis cenas de Navidad y mis citas con los amigos para compartir un ratillo agradable charlando de nuestras cosas, pero este pasado y maldito año 2004 las circunstancias personales han jugado en contra.

¡Feliz año MMV!