jueves, 28 de abril de 2005

Lecturas: La Cena Secreta

Ahora que la Iglesia Católica está tan en primer plano de la actualidad, y para descansar un poco de la densidad narrativa del Quijote, he elegido este título, presentado como una novela de misterio con un tema de fondo que resultará familiar: El cuadro de La Última Cena, de Leonardo Da Vinci.

  • Autor: Javier Sierra
  • Año: 2004
  • ISBN: 84-672-1092-3

Efectivamente, la temática es muy parecida a la del (creo que inmerecidamente) famoso Código Da Vinci. Sin embargo, la forma de tratarla es bien distinta y, personalmente, este libro me ha convencido mucho más que la novela de Dan Brown.

Javier Sierra nos narra en primera persona la historia de un inquisidor Dominico al que se le encarga la investigación del ambiente milanés de finales del siglo XV, en previsión de que alguna herejía se esté cultivando en la corte de Ludovico Sforza. Un misterioso personaje, el Agorero, está enviando mensajes en los que avisa de la recuperación de un culto ancestral que pondrá en peligro el poder papal.

El padre Leyre, nuestro investigador, se verá envuelto en una trama en la que la parte más oscura de la Iglesia Católica se pone en movimiento para tratar de neutralizar la amenaza a su hegemonía en el mundo occidental.

En el clímax del relato, como no podría ser de otra forma, descubriremos junto a los protagonistas algunas de las claves que, supuestamente, Leonardo ocultó en aquella obra. Lo que es realmente curioso es la afinidad con alguna de las ideas mostradas en El Código Da Vinci

En cualquier caso, este libro, sin levantar tanto ruido y, quizás, sin tanta polémica gratuita, abunda en un tema recurrente: "¿es la Iglesia la verdadera depositaria de las enseñanzas de Cristo?" ¿O es, simple y llanamente, una de las facciones de la iglesia primitiva que ha conseguido sobreponerse a las demás durante todo este tiempo? Y, la gran pregunta, "¿el cuadro de La Última Cena de Leonardo contiene realmente un mensaje secreto?"

Se trata de un relato fácil de leer, pero no por ello deja de regalarnos una trama interesante. Recomendable para quienes no se quieran enfrascar en una lectura densa pero no quieran desperdiciar su tiempo. Si lo hubiera promocionado Dan Brown, seguramente daría mucho de que hablar.

sábado, 23 de abril de 2005

[Arcade At Home] Fase 1. Conseguir el mueble


Tras un largo periódo de maduración, la decisión estaba tomada. Quería tener una máquina recreativa en casa. Había que ponerse, pues, manos a la obra.

Una vez embarcado en la tarea, hecho hueco en casa (o al menos con idea de dónde acoplar el tema) y con algo de dinero disponible, tenía una idea de lo que quería conseguir. Un mueble para 2 jugadores, con 6 botones por jugador, pantalla de, al menos, 25 pulgadas, altavoces estéreo y monedero. Evidentemente, a base de dinero todo se hace, pero el presupuesto es limitado.

Pero por algún sitio hay que empezar, así que surgió la primera elección. ¿Tratar de conseguir un mueble "original" o bien construir uno partiendo de cero? En mi caso, ya que soy un poco chapucero con el bricolaje, decidí intentar hacerme con uno de segunda mano.

Empecé a buscar por Internet, en foros y páginas de la temática, y al final contacté con una persona que me vendió una en bastante buen estado, con pantalla de 25 pulgadas y 3 botones por jugador, y el típico conector JAMMA.

La placa de juego con la que venía en principio no me interesaba, ya que estaba claro que en el corazón de la recreativa iba a residir un PC corriendo el MAME, así que me pareció un gasto innecesario.

Lo que me interesaba principalmente es que el mueble fuera sólido y el monitor en buen estado. El panel de control, al ser de 3 botones por jugador, sabía que en un futuro iba a tener que rehacerlo, y tanto el PC como el sistema de sonido ya los ponía yo de mi cuenta.

Gracias al novio de mi hermana, que consiguió una furgoneta, pudimos efectuar el transporte de la mercancía sin demasiados contratiempos. Sudamos un poco para subirla hasta aquí pero, por fin, tenía una recreativa en casa, aunque todavía quedaba muchísimo trabajo por hacer.

Publicado originalmente en Arcade At Home.

viernes, 22 de abril de 2005

La tensión de la competición

El pasado día 21 de abril tuve la suerte de estar invitado a un evento en el que la empresa Fujitsu nos ha hecho una presentación de sus productos de IT, así como el estudio de tres casos prácticos de diversas empresas que tienen contratados servicios externalizados (outsourcing) con ellos.

El evento tuvo lugar en las instalaciones del Karting Carlos Sainz. Aparte de la presentación propiamente dicha, el desayuno, el almuerzo y las conversaciones con los demás invitados y el personal de Fujitsu, la organización tenía previsto que nos pusiéramos al volante de los karts y demostráramos nuestra pericia como pilotos.

Yo ya había estado allí corriendo en un par de ocasiones, pero esta vez la experiencia no ha tenido nada que ver con las anteriores. Primeramente se dividió a la totalidad de pilotos (casi todos varones menos dos chicas que se han animado) en cuatro grupos clasificatorios. Cada grupo participó en dos sesiones de clasificación de unas 6 ó 7 vueltas cada una. Los 12 mejores tiempos pasaron a la gran final.

Y ahí comenzó lo bueno. Porque las sesiones clasificatorias se parecieron bastante a lo que ya había vivido en mis anteriores visitas (salvo que tras la reforma que hicieron en el circuito han variado ligeramente el trazado). Te enfundas el mono, el casco, das unas vueltas con el coche saliendo desde boxes y al acabar el tiempo te dan una hoja con tus registros. Pues bien. La primera sesión se me dio regular, acabando sexto con un mejor tiempo de 36,61. En ese momento albergaba pocas esperanzas de colarme en el grupo de los 12 elegidos. Pero, curiosamente, todo cambió en la segunda tanda. En ella, con el circuito ya estudiado, y con un coche que andaba mejor (todo hay que decirlo), me colé segundo, con un tiempazo (para mí) de 32,97. Estaba clasificado para la gran final.

Tras el almuerzo ahí estaba yo, sentado en el kart, en la segunda posición de la parrilla de salida, con el corazón a mil pulsaciones y pegando pisotones al acelerador mientras aguardaba en tensión que el semáforo rojo tornara al color verde.

De repente el verde hizo su aparición. Hice una salida ligeramente mejor que el piloto que tenía la pole position, pero no llegué con suficiente ventaja a la primera curva, en la que iba por el exterior, y me pareció mal colarme de mala manera y a empujones. Así que seguí detrás de él, pero comenzó a marcar un ritmo que yo era incapaz de seguir. Este tercer kart del día era mucho más nervioso que los dos anteriores, y tenía menos agarre, por lo que en las primeras vueltas tuve que readaptar mi forma de pilotar y trazar las curvas. El primer clasificado se distanciaba cada vez más. Afortunadamente, yo también estaba abriendo hueco respecto al tercero, por lo que estaba tranquilo en ese sentido.

Las vueltas iban cayendo vertiginosamente una tras otra, y no lograba dar alcance al líder. Pero fue alcanzar a los primeros doblados y cambiar la situación de carrera. Uno de ellos no se daba por aludido cuando le mostraban las banderas azules, y no cedía el paso para que le adelantáramos. Así que conseguí, primero, alcanzar al primer clasificado y, segundo, rebasarle después de tener él un choque con el doblado.

Tras tener yo también algunos pequeños problemas con los pilotos con vuelta perdida, por fin me coloqué primero y sin nadie por delante. Quedaban tres vueltas para el final, pero yo ya había perdido la cuenta. Esas tres vueltas se me hicieron eternas. No hacía más que mirar hacia atrás para ver si el segundo estaba muy cerca, a la vez que procuraba trazar las curvas cerrando todos los huecos posibles de adelantamiento.

Esas tres vueltas finales se me hicieron casi tan largas como el resto de la carrera, pero al final lo conseguí. La victoria, mis 5 minutos de gloria subido al cajón más alto del podio, y un bonito trofeo de recuerdo de esa mañana inolvidable. Jamás había vivido la competición tan intensamente hasta ese día.

jueves, 21 de abril de 2005

Lecturas: Don Quijote de la Mancha

Esta vez la lectura ha sido ardua. Me ha llevado bastante completar el libro que me traía entre manos. Se ha conjurado la propia dificultad del texto con otros temas ajenos a la propia lectura, pero por fin lo conseguí. El viernes pasado concluí la lectura de la primera parte de la que es, probablemente, la novela en lengua española más conocida de todos los tiempos.

  • Autor: Miguel de Cervantes
  • Año: 1605 (Edición de 1982)
  • ISBN: 84-7551-000-0

Es un libro al que tenía ganas de hincarle el diente desde hace ya bastante tiempo. Pero con él pasa como con los monumentos de la ciudad donde uno vive. Uno se hace a la idea de que en cualquier momento están ahí para deleitarnos y, unas cosas por otras, se van dejando de lado. La excusa perfecta ha sido la falta momentánea de libros que devorar y, por otra parte, el cuarto centenario de su primera publicación, que se celebra este año.

Hablar de este libro puede parecer tan vacuo como derramar un vaso de agua en el vasto océano. Ríos de tinta han corrido a propósito de este libro. Incluso un autor, en su tiempo (Avellaneda), tuvo la idea de escribir una segunda parte apócrifa (en estos tristes días en que la cultura se ha convertido en mercadería pura, se calificaría seguramente como versión pirata), que el propio Cervantes se encargó de contrarrestar con la versión oficial de la continuación de las andanzas del Ingenioso Hidalgo.

La lectura del clásico me deja un sabor agridulce. En principio ya sabía a lo que me enfrentaba. Un castellano del siglo XVI-XVII con constantes referencias y guiños a una realidad de hace cuatro siglos. El texto está convenientemente apuntado con notas a pie de página que nos aclaran el significado de cuantos arcaísmos aparecen en el texto, así como nos ponen en situación antes del comienzo de cada capítulo.

Curiosamente, los fragmentos del relato más conocidos (los molinos, los odres de vino, el retorno al pueblo) son los que se me han hecho más aburridos (quizás por no sorprenderme). En cambio, otras partes y, en concreto, los relatos intercalados en la novela han sido los pasajes que me han resultado más gratificantes de leer.

En cuanto al libro en sí, como conjunto, tendría que estar muy docto en literatura española para emitir una valoración al respecto de si se puede considerar el mejor (o, al menos, el más importante). Así que mi humilde opinión de lector quedará en que, si bien no es un mal libro, sí que he de reconocer que los he leído mejores, tanto en léxico (aunque comparar literatura del Siglo de Oro con la actual tampoco es muy procedente) como en argumento y en desarrollo de los personajes. Sí que he de recomendar que se abstengan de iniciarlo siquiera gente que busque la diversión fácil y una lectura cómoda y rápida. Estimo que mi velocidad de lectura habitual se ha reducido a la mitad durante la lectura del Quijote.

En cualquier caso, tras un paréntesis de (probablemente) varios libros, retomaré las andanzas del Caballero de la Triste Figura en la segunda parte de esta gran obra de la literatura en lengua española.