Ha sido uno de los cinco circuitos en los que he montado en Kart. Por orden: Asupark Boadilla del Monte, Carlos Sainz Las Rozas, Los Santos de la Humosa, Marlon Kart Oropesa del Mar y Carlos Sainz La Ermita del Santo. Y, sin dudarlo, es el que más me gusta. Siempre tuve esa sensación, pero este pasado fin de semana he vuelto a renovarla con más convicción si cabe.

¿Qué tiene de especial este circuito? No es la ubicación (muy, muy lejos de casa), ni el precio (15 euros por 8 minutos de conducción, más o menos el mismo que el resto), ni la hora que estuvimos esperando hasta que pudimos montar en el kart. Es la sensación de estar en un circuito "de verdad", de sentir los pianos, los baches del asfalto, las irregularidades del terreno sobre el que está construido (cuestas arriba y abajo). Y, sobre todo, la sensación de que, si apuras demasiado una frenada, una trazada, puedes tener un accidente.

Puede parecer algo enfermizo, pero ese riesgo es que te hace sentir más la velocidad, ir concentrado al cien por cien e ir buscando el límite, pero con cabeza, poco a poco. Acostumbrado como estaba últimamente a conducir en la consola o en el Carlos Sainz (donde todo el circuito transcurre entre protecciones y, si te pasas de listo, simplemente rebotas), lo primero que conseguí fue marcarme dos trompos. Hasta que me di cuenta de que, así, no conseguiría nada. Me centré y disfruté como un enano. Los 8 minutos se me hicieron larguísimos (aunque yo diría que estuvimos más tiempo). Y mi compañero Juanjo no fue rival. Aparte de dedicarme una maniobra al más puro estilo Timo Glock (o sea, dejándome pasar), la diferencia de peso y estatura se nota demasiado en estos coches.

Por cierto, que también fue una buena oportunidad para estrenar mi casco y mis guantes.

Haciendo clic en la imagen podéis acceder a las fotos que Natalie, la novia de Juanjo, hizo durante el día.