En realidad nunca quieres que llegue este momento. Pero ese momento llega. Y, en el caso de mi scooter, la pobre quedó sentenciada tras el golpe que nos llevamos y que estuvo a punto de dejarla siniestro total.

Sinceramente, cuando veo circulando Vespas de más de 30 años, tenía la esperanza de que fuera a durar más. Pero ya en la última revisión me comentaron que, teniendo más de 50.000 km, estaba más que amortizada. La semana pasada empezó a hacer un ruido bastante anormal, como si algo estuviera roto dentro del motor, y el viernes nos costó un mal rato llegar a casa, no porque tuviéramos ningún problema como tal, sino por la sensación de que algo podía pasar en cualquier momento y, no sólo dejarnos tirados, sino provocar un accidente con consecuencias más graves.

Así que ese mismo día fuimos al taller del barrio a preguntar por motos nuevas. Después de ver unas cuantas de diferentes marcas, pero teniendo en cuenta que todas vienen durando más o menos lo mismo, el lunes tomé una decisión continuista: comprar otra Kymco Yager. Entre otras cosas, porque ya conozco la moto y, además de que los motores tienen buena fama, los recambios de esa marca parece que son un poco más económicos que los de la competencia.

Yager vs Yager

El lunes la encargamos (y pagamos) y el jueves por la tarde fuimos a recogerla. Parece una tontería, pero ha sido la primera vez que conduzco una moto diferente. Coger un coche distinto al mío no me cuesta tanto, pero con la scooter ha sido una sensación extraña hasta que me he ido acostumbrando. Al menos no he corrido peligro de matarme en la primera curva, como me ocurrió con la anterior. Esta vez la conduje hasta la gasolinera más cercana sin guantes, con mucho cuidado, y con seis años y medio de experiencia.

En realidad hay algunas diferencias entre la antigua y la nueva. La primera es el precio (incluyendo un año de seguro): aquélla me costó 2.099€, mientras que ésta me ha costado 2.699€ + matriculación.

La nueva lleva un motor de inyección que, aparte de las diferencias técnicas obvias, ya veremos en qué se traduce. Para empezar lleva un testigo de carga de la batería y no lleva pedal para arrancarla, como sí llevaba la antigua, que era de carburación. Las revisiones son cada 5.000 km, en vez de los 4.000 de la vieja. La boca del depósito de gasolina se encuentra a los pies de la columna de dirección, en vez de arriba a la izquierda. Espero que de esta forma se derrame menos gasolina al repostar (yo soy de los que me gusta llenar hasta arriba). Y estaremos pendientes del consumo, que entiendo que será similar o, esperemos, un poco inferior.

La nueva la hemos escogido en color blanco, para que sea más visible circulando y por variar un poco del color gris, que es algo aburrido. A ver qué tal se lleva con la suciedad. El tejido del asiento es diferente, y habrá que ver qué tal con el agua, porque parece que resbala en vez de calar.

Curiosamente, el gran fallo que tiene la nueva es que no me cabe el casco en el cofre. Es gracioso porque recuerdo que fue el casco lo primero que me compré antes de tener moto, allá por 2007, y lo llevaba a todos los concesionarios para probar si me cabía dentro de la moto. Pues bien, el de mi mujer cabe en ésta pero el mío no (y son de la misma talla, antes de que alguien empiece a hacer los chistecitos de rigor).

Por cierto, que pese a lo que he indicado en el título de esta entrada, en realidad sigo sin ser motero y ya soy un poco menos novato. Este cambio ha sido más por necesidad que por gusto. Una vez que te acostumbras, es difícil volver a moverse por la ciudad en coche o en transporte público. Pero no me ha hecho especial ilusión estrenar la nueva. Antes bien, me da un poco de tristeza por la antigua, que siempre será la primera. Aún tengo pendiente buscarle un digno final. Y, si puedo recuperar algo de dinero, mejor que mejor. Recordemos que la moto todavía anda.