Ayer escuchaba en el podcast de Vandal Radio y en él comentaban cómo había evolucionado el consumo de videojuegos en todos estos años, mientras que el de otros entretenimientos, como el cine, no había cambiado tanto. Eso hizo encenderse una bombillita en mi cabeza porque, si bien es cierto que la transformación no ha sido tan radical, sí que hemos disfrutado de una evolución, quizás no tanto en lo que es el disfrute de la película en sí como en el acceso a la sala de proyección. Comencemos la historia por el principio.

No fue la primera película que vi en el cine, pero recuerdo perfectamente ir a ver La Guerra de las Galaxias al cine Kursal en una “sesión continua”. En aquella época, a principios de los 80, había cines en los barrios (no existían los centros comerciales con el mismo concepto actual) en los que no solían proyectar películas de estreno —ese privilegio se reservaba para las salas de la Gran Vía y otras del centro de la capital—. Este formato de sesión continua consistía en la proyección de una o dos películas de manera continuada durante toda la tarde (como su nombre indica) de tal manera que tú comprabas la entrada y accedías a la sala en cualquier momento. Normalmente solías entrar un poco antes de que empezara la película que te interesaba, con lo cual veías el final de la anterior. Como veis, una manera muy peculiar que hoy, con todo el tema de los spoilers y demás, se me antoja muy extraña.

Con mis padres fui a ver un puñado de películas. Que recuerde a bote pronto, ET el extraterrestre, Annie, la ya citada La Guerra de las Galaxias, Gorilas en la niebla y Armas de mujer. Cuando ya tuve suficiente edad para ir al cine con amigos, empecé a coleccionar las entradas. Las primeras no eran más que pequeños tickets que el taquillero o taquillera tenía en un rollo e iba despachando. Nada de entradas numeradas, por supuesto. Recuerdo haber hecho buenas colas para comprar entradas, esperando pacientemente a que abrieran las taquillas, y también para entrar en la sala. Como no eran numeradas, el primero en entrar se hacía con los mejores asientos.

Entradas no numeradas
Entradas no numeradas

Recuerdo una anécdota que a mí me parece súper graciosa pero que es una soberana tontería, que fue ir con mi entonces amigo Gustavo a comprar entradas para Parque Jurásico. Nos acercamos los dos a la taquilla y, mientras uno movía los labios, el otro por detrás decía: “Por favor, ¿me da dos entradas para Jarque Purásico?” con la voz de Sergio Mas imitando a José Manuel Lara, por entonces presidente del Español. Si no sois de mi edad ni habéis escuchado el programa de radio Arús con leche, os parecerá una estupidez como una casa.

Más adelante llegaron los multicines y las entradas numeradas (no en todas las sesiones). Pero eso no te aseguraba el asiento, al menos en esos primeros años en los que el sistema informático todavía fallaba. Cuando inauguraron el cine UGC CIné Cité en Méndez Álvaro, a bombo y platillo, resultó que vendieron entradas duplicadas (los mismos asientos a varias personas). Así que esa noche nos quedamos compuestos, sin plan, y con cara de bobos. Y de bobos que éramos, nos conformamos con que nos dieran una entrada para cualquier otro día. Un desastre.

Entradas borradas, imposible saber a qué película corresponden
Entradas borradas, imposible saber a qué película corresponden

Como os he comentado, guardo las entradas de casi todas las películas que he visto. La mayoría de ellas ya ni se puede distinguir de qué película son, ya que suelen estar impresas con impresora térmica, y la “tinta” deja de verse con el paso del tiempo. Así que, cuando abrieron el primer Kinépolis, fue un soplo de aire fresco en ese sentido el detalle de imprimirte las entradas en unas bonitas cartulinas que solían tener carátulas de las películas que estaban en cartel. Esas entradas se conservan mucho mejor. Eso sí, algunas de ellas emplean el espacio de la carátula para un emplazamiento publicitario (de la publicidad en el cine ya si eso hablamos otro día, porque cada vez duran más los anuncios que proyectan antes de la sesión).

Entradas de Kinepolis, de cuando molaba coleccionarlas
Entradas de Kinepolis, de cuando molaba coleccionarlas

Como todo evoluciona, ya hace bastantes años que podemos comprar las entradas a través de Internet y seleccionar los asientos que más nos interesan de entre los que quedan libres. Queda ya muy, muy lejos aquella manida frase de: “por favor, me da dos entradas, que estén centraditas”. Ya podíamos llegar al cine y sólo imprimir allí nuestras entradas para acceder a la sala. Incluso podemos comprar entradas con meses de anticipación. Yo lo he hecho para los últimos estrenos de Star Wars, lo reconozco.

Y el último avance en mi experiencia, ya por terminar este relato, tuvo lugar el fin de semana pasado. Estábamos comiendo fuera y, de repente, pensamos en ir a ver Ready Player One. Sacamos el móvil y, desde el mismo, elegimos la sesión, los asientos y pagamos las entradas. No solo eso sino que, con el mismo terminal, pudimos acceder a la sala presentando un código de barras en la pantalla. Tremendamente cómodo y el golpe de gracia a mi colección de entradas.