Perdona mi mala memoria. No logro recordar cuál fue el momento exacto en que nos conocimos. Sí sé que fue en segundo curso, ya que en primero estabas en otro grupo. Supongo que coincidiría contigo o con algún otro compañero de tu grupo de primero en la misma zona del aula y, como se suele decir, el roce hace el cariño. Tampoco era difícil llevarse bien contigo: siempre una buena cara, todo amabilidad y con ganas de pasarlo bien, sin rehuir nunca el trabajo y el esfuerzo.

Lo que está claro es que esa primera relación de compañerismo fue a más y se convirtió, con el paso de los años, en una gran amistad. Recorrimos las carreteras de Boadilla y del suroeste de Madrid a bordo de nuestros primeros coches, unos flamantes Peugeot 106 y Seat Ibiza. Disfrutamos de buenos momentos comiendo torteles en la cafetería de la Facultad, haciendo deporte, cocinando paellas el día señalado y, por supuesto, saliendo de fiesta por Madrid. También conocí a tus padres, tu hermano Carlos, tu hermana María y tu perro Gris. Incluso años más tarde me invitasteis Mayte y tú a vuestra boda. De aquella época conservo un buen puñado de buenos recuerdos y un portátil Toshiba que me regalaste y que atesoraré siempre con ternura.

Cuando llegamos al último curso, nuestros caminos comenzaron a separarse. Llegó el momento de que cada uno se labrase su futuro laboral y probase suerte como becario; tú entraste en Red Eléctrica, mientras que yo lo hice en Telefónica. Ya no pasábamos tanto tiempo juntos, pero nos esforzamos por sacar adelante el curso y, especialmente, las prácticas en las que estábamos involucrados como compañeros de equipo.

A partir de ahí, reconozco mi culpa en no haber seguido cultivando nuestra amistad. En aquella época tenía alguna compañía que no me convenía, y eso ponía las cosas difíciles. Aunque no lo quiero poner como excusa; la responsabilidad era mía, si bien no me puedo arrepentir de un camino que me ha traído a donde estoy ahora. Solo espero que tales errores me sirvan para aprender y no volver a cometerlos. Más adelante no supe, o no quise, encontrar un hueco para vernos. Lo que no puedo evitar es sentirme triste por no haber podido presentarte ni a mi mujer, Patricia, ni a mi hijo Óscar. Creo que te habría gustado saber que, por fin, había encontrado a la persona adecuada y que, juntos, hemos formado una familia, como hicisteis Mayte y tú hace ya más de quince años.

David y Fede
David y Fede

Entre tantos recuerdos más o menos nebulosos, creo que no olvidaré la última vez que te vi en persona. Pura casualidad. El año pasado, en mayo, en el DES, donde estaba visitando el expositor de unos antiguos compañeros de otra empresa. Más allá de eso no tenía ningún motivo ni laboral ni personal para estar allí. Os vi a lo lejos a ti y a Carlos. Pensé por un momento si acercarme o no. Por una vez me dejé llevar. Me excusé con las personas con las que estaba y fui, casi corriendo, a vuestro encuentro. Apenas unos abrazos, un breve intercambio y la promesa incumplida de vernos más adelante, con más tiempo. Me hizo una ilusión enorme.

La vida es injusta, como lo es esa maldita enfermedad que quizás no tenga cura porque comparte la misma esencia que nos hace ser lo que somos, al igual que la velocidad de la luz marca un límite físico que no se puede superar por más que nos empeñemos.

Adiós, David, amigo. No quiero creer que ya no estás aquí. El mundo es ahora un lugar un poco más oscuro.

Que la tierra te sea leve.