Hoy es el primer día que amanece lloviendo con bastante intensidad, aunque eso aquí no es demasiado anormal. Al final hemos decidido hacer gasto en el buffet del hotel, que son 9 euros por cabeza, antes que dedicar tiempo a buscar un lugar para desayunar por nuestra cuenta en un entorno donde no hay demasiados bares al uso donde hacerlo. Aunque nos sobraron café y galletas de las provisiones que compramos para Caen, no tenemos manera de prepararlo en la habitación. Por supuesto, el precio del desayuno es, a todas luces, exageradísimo. Al menos el café y los cruasanes están ricos.

Menos mal que ayer hicimos una "prospección" del lugar porque, al final, nos ha pillado un poco el toro y hemos llegado con el tiempo justo a las taquillas de la Abadía. La visita con guía gratuito en español comienza a las 10.45 h. Son las 10.42 h y acabamos de entrar. Subimos corriendo las escaleras y localizamos a una guía con un grupo de españoles. Es raro que hayan empezado antes de la hora. Es extraño que sólo haya gente mayor en el grupo. Pero bueno, se supone que es el nuestro, ¿verdad? Pues no, error. Aunque nos daremos cuenta más adelante.

Después de visitar algunas estancias, una persona del grupo nos ha llamado la atención porque estábamos colocados muy cerca de la guía (para enterarnos bien) y nos la habíamos pagado. ¿Cómo que no? Tras una charla que ha empezado con algo de tensión pero que, enseguida, se ha ido relajando, resulta que se trataba de un grupo que había contratado una guía privada. Nos hemos quedado a cuadros e, inmediatamente, nos hemos excusado, como es lógico. Sin saber muy bien cómo seguir, afortunadamente el grupo correcto está pasando a la estancia contigua, así que hemos podido reengancharnos. La guía oficial, Camille, aunque hablaba un poco bajo, también tiene su punto jocoso en las explicaciones.

Para que nadie más se confunda, creemos que las visitas guiadas oficiales dan comienzo en la primera sala cerrada después de las escaleras, donde están las maquetas de la construcción de la abadía. Y los guías oficiales llevan una chapita con su nombre.

La Abadía Pre-romana

Por lo demás, la visita ha resultado muy interesante. Después de concluir la parte guiada, hemos pasado por la iglesia de la abadía, donde se oficia una misa pública a la que también asisten algunos monjes y monjas. Después de escucharles cantar algunos salmos, hemos dado una segunda vuelta por las diferentes estancias más a nuestro ritmo para hacer fotos.

La Abadía del Mont Saint-Michel

Tras volver caminando a La Caserne y localizar algún sitio donde comer, nuevamente a una hora un tanto tardía para las costumbres locales, la comida ha consistido en un menú, más bien un plato combinado, de filete ruso, patatas y ensalada, acompañado por una tarta normanda (de manzana) de postre. 10 euros cada uno más otros 10 de clavada por un café y un té. Pero bueno, hemos comido bien y con buenas vistas.

Hemos pasado por la tienda a seguir afilando la tarjeta comprando algunos recuerdos más para los familiares que nos faltaban por obsequiar. Aquí otra cosa no, pero tiendas de souvenirs hay las que queráis. Luego, aprovechando que la meteorología ha dado una tregua después de una mañana pasada por agua, hemos dado un paseo por las inmediaciones para hacer algunas fotos (más), amenizado por un grupo de músicos tocando en la presa del río, que lo hacen bastante bien.

De nuevo vamos camino al Mont, y de nuevo con la hora pegada. En este caso no porque un guía estuviera esperándonos, sino porque la marea tiene sus horarios y no espera por nadie. Aunque en esta época del año no se llega a cubrir por completo la plataforma de acceso, sí que te mojas los pies, como nos ha pasado a nosotros.

Marea alta accediendo al Mont Saint-Michel

Yo diría que la visita nocturna también merece la pena, pese a los comentarios de Camille no recomendando su contratación. En cualquier caso nosotros ya habíamos comprado las entradas por la mañana. No sólo por la puesta de sol, sino también por poder contemplar el interior de la Abadía en un orden un poco diferente, e incluso con algunas salas más habilitadas que en la visita diurna, bajo otro punto de vista lumínico. Y, tras pensarlo durante unos minutos, adquirir un libro muy completo sobre el Mont Saint-Michel, regalo de mi mujer.

Puesta de sol desde el Mont Saint-Michel

Hoy sí que se ha hecho tarde para cenar. Tanto que hasta en un lugar tan orientado al turismo como éste apenas hay un puestecillo de bocadillos abierto. Hemos vuelto al hotel para improvisar un picnic de picoteo y embutidos sobre la cama de la habitación. De esta forma, damos por concluida una jornada de lo más intensa. Mañana volveremos a hacer las maletas y partiremos rumbo a La Rochelle, para encarar la última etapa del viaje.

La abadía del Mont Saint-Michel por la noche