Hay momentos en la vida en los que, como un fogonazo, uno de repente es consciente del inexorable paso del tiempo. Parece que fue ayer cuando empecé con aquella matraca del motero novato. Y, de golpe, esos cuatro años transcurridos se materializan en forma de carta de la DGT. En dicha carta me recuerdan, amablemente, que en breve plazo deberé pasar la ITV de mi scooter.

No es la primera vez que voy a la ITV, algo que comenzó siendo una aventura divertida que compartir con los colegas (sí, al principio nos acompañábamos unos a otros a pasarla) y que se ha convertido en una rutina casi molesta (no me gustan nada los meneos que le dan al coche, vas con el como nuevo y lo sacas de allí lleno de "grillos"). Pero con la moto, con la moto tiene que ser diferente, más que nada porque no creo que le vayan a meter esos meneos a las ruedas (y mucho menos conmigo montado).

Efectivamente, la ITV de una scooter es algo diferente.

Llegué a Getafe a las 8 de la mañana muerto de frío. Pero es que hay que madrugar si no quieres perder el tiempo en una interminable cola. Afortunadamente sólo tenía un coche delante, por lo que la cosa no pintaba mal.

Al entrar, lo primero que hace el ingeniero es comprobar que los datos consignados en la documentación del vehículo (matrícula y número de bastidor) son correctos. También realiza una inspección visual, supongo que comprobando el estado de los neumáticos y buscando posibles fugas de líquido u otros defectos detectables a simple vista. Inmediatamente después, se comprueban los intermitentes, el claxon y el alumbrado anterior y posterior. También se comprueba que el nivel de emisiones se ajusta a la legislación vigente.

A continuación hay que subirla en el caballete pero en marcha, para medir el nivel de ruido del escape. Lo hacen colocando un micrófono cerca de la parte trasera y acelerándola hasta unas revoluciones determinadas (lo hace el ingeniero, así que no pude ver cuál era dicha cifra).

Por último hay que pasar la prueba de los frenos, donde me ocurrió lo que estaba claro que tenía que ocurrir, que no fue otra cosa que confundir los frenos delantero y trasero. Manías de ciclista ocasional.

Fin de la revisión. Aparcar fuera la moto y pasar a recoger los papeles. Resultado: scooter apta para circular durante otros dos años y casi 40 euros menos en la cartera.

Al volver al aparcamiento de casa pude corroborar lo que venía sospechando durante todo el camino de vuelta. Voy a ser el único que lleva la moto con la pegatina de la ITV puesta. Ninguna de las compañeras de descanso la lleva, y no será porque no tienen la antigüedad suficiente como para merecerlo. ¿Por qué? Misterios moteros...