Cuando se suspendió la pasada Maratón de Málaga 2016, se me quedó una espinita clavada que tarde o temprano sabía iba a tener que sacarme. El objetivo de correr la maratón en dicha ciudad era no endurecer una prueba física ya de por sí exigente por su distancia, añadiendo un perfil de subidas y bajadas que complicase más las cosas. En ese sentido, ciudades como Málaga, Sevilla o Valencia ayudan bastante. No así la Maratón de Madrid, cuyo perfil más exigente ya he tenido oportunidad de sufrir en varias carreras, especialmente en las tres medias maratones en las que he participado hasta el momento.

Pero tampoco quería demorar mucho más el reto. Sevilla en febrero habría sido una buena opción, pero después de la maratón fallida aproveché para pasar por el médico y que me hicieran una prueba de esfuerzo para descartar cualquier problema oculto de salud. Durante un par de meses apenas hice deporte y el resultado de las pruebas se demoró más de la cuenta, por lo que a esa primera revancha me fue imposible llegar.

Total que los meses iban pasando, la climatología mejoraba y esperar hasta casi final de año para las citas de Valencia o Málaga me parecía demasiado tiempo. Así que una vez que las pruebas médicas no arrojaron ningún inconveniente, volví a plantearme Madrid. Es dura pero, ¿por qué no? Al fin y al cabo el objetivo es terminar, siendo la marca lo de menos. Y finalmente me inscribí, apenas un par de días antes de cerrarse el plazo (ya creía que no iba a poder hacerlo por haberse terminado los dorsales). Pagué los 80 eurazos (un precio que se me antoja caro) y marqué el 23 de abril (día del libro) en el calendario.

Mi dorsal: 11356

Aunque a Málaga había llegado más o menos bien preparado, habían pasado tres meses desde entonces, con las Navidades de por medio y, quieras que no, siempre se pierde algo. En marzo probé a hacer una tirada larga que al final fueron 21 kilómetros pero en la que me detuve antes de terminar el recorrido que tenía previsto. Y en abril, justo después de apuntarme, completé ese mismo recorrido que es de poco más de 24 kilómetros. Probablemente andaría justito de fondo, pero la rodilla no me molestaba y eso era una buena noticia, después de la Media Maratón de Latina de 2016 en la que me sobrevino una cojera justo después de terminar.

La previa de la carrera también ha sido bastante diferente de Málaga. Buen día, buena temperatura y bastantes menos nervios. Aquí me puedo acercar en moto a la zona de salida en el paseo de Recoletos. Con tiempo suficiente, demasiado, llego al cajón que está yo creo que a más de 500 metros del arco de salida. Hago unos estiramientos mientras pienso: la salida se da a las 9, pero a ver a qué hora llegamos allí. Al final fue a las 9:23h, y tenía que haber aprovechado para hacer un pis justo antes de empezar. Primer fallo de novato. Muchos participantes, aunque la mayoría con dorsales de la Media Maratón, y también bastante personal de seguridad.

A punto de tomar la salida

Enciendo la música en mis cascos y comienzo a un ritmo tranquilo, por encima de los 6 minutos el kilómetro. Ir un poquito cuesta arriba ayuda a regular la velocidad y no desfondarme antes de tiempo, que la carrera es muy larga. Tan larga que nunca antes en mi vida he corrido ni tanto tiempo ni tanta distancia. Son casi 7 kilómetros de ascenso muy tendido hasta sobrepasar la zona de Plaza de Castilla y las Cuatro Torres para dar la vuelta y enfilar hacia el sur de la ciudad. Durante ese tiempo empiezan a acumularse el pis. La gente se va aliviando en los árboles y setos de la mediana de la Castellana, pero a mí me da un poco de palo. En las zonas de avituallamiento hay baños portátiles, así que espero a llegar a alguna de ellas. En esta ocasión, a diferencia del resto de pruebas donde no suelo parar a hidratarme, aquí lo hago en todas las ocasiones en las que tengo oportunidad, tanto con agua como con bebida isotónica. Paso el 5 sin ir al baño y a partir del kilómetro 9 ya aprietan las ganas, así que en el 10 paro y me pongo a la cola para usar el urinario. Mientras espero mi turno, doy cuenta de uno de los geles que tengo preparados, en principio uno cada 10 kilómetros (3 en total, en los kilómetros 10, 20 y 30).

Después de descargar empieza una zona de leve descenso donde me noto mucho mejor corriendo. Tanto que tengo que frenar un poco el ritmo porque, sin darme cuenta, debido a las buenas sensaciones, he acelerado el ritmo por debajo de 6 minutos el kilómetro, acercándome a 5 y medio. La “vuelta rápida” la he hecho precisamente en el kilómetro 14, a 5’33”. En este segundo cuarto de carrera ha sido donde me he sentido mejor, teniendo en cuenta que iba a un ritmo cómodo para mí, prácticamente como en un entrenamiento, ya liberado de la carga de la orina, sin dolores de ningún tipo y con el pulso controlado sobre las 140ppm.

Poco después del kilómetro 13 separamos nuestro camino de la Media Maratón. Piensas: “aquí ya nos quedamos solos los realmente zumbados, la suerte está echada”. Para mí esta es una de las partes más bonitas de la carrera, en la que ya va habiendo más público y en la que se atraviesa todo el centro de Madrid.

A partir del kilómetro 20 se enfila la calle Bailén, y pronto nos enfrentaremos a lo desconocido, el territorio más allá de la Media Maratón (en carrera, que no en entrenamiento). Los dedos de los pies empiezan a molestar un poco. Justo en el arco de la Media me está esperando Paco, que me ofreció amablemente su compañía en esta segunda parte de la carrera. Aunque estoy acostumbrado a correr solo y a mi ritmo, siempre se agradece.

Bajada hasta el Puente de los Franceses y enfilamos hacia Príncipe Pío para entrar en la Casa de Campo. El calorcito empieza a apretar un poco, sin llegar a agobiar. Por aquí se ve bastante gente. La Casa de Campo es una zona que conozco perfectamente, y justo en el kilómetro 30, lo que se suele conocer como “el muro”, hay una pendiente cuesta arriba bastante pronunciada, al lado de la estación de metro de Lago. La rodilla empieza a pesar ligeramente y los dedos siguen molestando, pero de momento nada que impida continuar. En la Ermita del Santo supero mi récord de distancia (que era de poco más de 31 kilómetros), pasamos al lado del Vicente Calderón y empieza la parte más dura, los últimos 10 kilómetros. Pienso para mis adentros: “ahora es como si tuvieras que hacer un 10.000, que ya lo has hecho muchas veces”. Claro, pero no con 32 kilómetros en las piernas, además de que esta zona es toda prácticamente cuesta arriba. Toca apretar los dientes.

Por el Paseo Imperial y el Paseo de las Acacias ya había pasado con la moto por la mañana. Qué diferente era todo unas cuantas horas y kilómetros después. Se me empieza a hacer cuesta arriba. Como había predicho Paco, empezamos a adelantar gente, y no porque vayamos muy rápido precisamente. Quieras que no eso te da algo de moral, aunque no se tenga un objetivo competitivo.

Mi “muro” personal lo he encontrado más o menos en el kilómetro 37. La rodilla empieza molestar más de la cuenta y tengo un par de dedos de los pies bastante machacados. El recorrido sigue siendo cuesta arriba y, además, tiene un trazado que te aleja momentáneamente de la meta. Es una tontería, pero eso te hace venirte un poco abajo. En el 40 y medio aproximadamente se pasa por la Plaza del Marqués de Salamanca y ya se enfila definitivamente hacia el Retiro. Aquí ya “desconecto el cerebro” y sólo me preocupo de dar un paso detrás de otro. Paco me da palabras de ánimo y aprieto un poco más los dientes. Justo antes de entrar en el Retiro, se me escapa alguna lagrimita, pensando que por fin lo voy a conseguir.

Ya dentro del parque, el trayecto se me hace casi tan largo como cuando lo recorremos tranquilamente mirando los puestos de la Feria del Libro. Se me hace interminable. Por fin aparece en el horizonte el arco de meta. Voy mirando al lateral, que está lleno de gente animando, por si veo a Patricia, mi mujer. La única neurona activa no recibe suficiente riego, porque no la veo a pesar de que está allí esperándome. Me río de mí mismo por haber pensado en el segundo cuarto de carrera, cuando iba tan cómodo, que si llegaba con fuerzas, esprintaría al final. ¡Qué ingenuo!

Cruzo la meta. Sinceramente, un poco decepcionado con el crono: 4h29’28”. Yo tenía en mente acabar en poco más de 4 horas. Debería disfrutar del logro conseguido en vez de ser tan exigente, pero yo soy así. Mientras esperamos para grabar la marca en la medalla, Paco ya me está intentando convencer para que me apunte a una carrera de 100 kilómetros o que, al menos, haga alguna otra maratón, como la de Berlín. La verdad es que no son esos mis planes de futuro. Por fin recojo mi medalla con la marca grabada (por 5 euros, que aquí nada es gratis) y me dan una que no es, así que toca grabarla de nuevo en otra.

Salimos del recinto y me reencuentro con Patricia. Junto con Paco nos encaminamos tranquilamente hacia Atocha, donde hemos dejado aparcados los vehículos, mientras vamos comentando la jugada. Jamás habría dicho hace años que sería capaz de correr y acabar una maratón. Ahora puedo afirmar que he superado mi reto personal.

Yo acabé la Maratón de Madrid 2017